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Agustín Rodríguez: Open Banking, datos y confianza en el acceso al crédito

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“Open Banking y confianza: por qué cada vez más usuarios comparten sus datos bancarios”

Ocho de cada diez solicitantes comparten actualmente sus datos bancarios para conseguir mejores condiciones en una operación de financiación. La cifra refleja un cambio en la relación entre los usuarios y las entidades financieras: aunque persisten las dudas sobre la seguridad y la privacidad, la posibilidad de obtener una respuesta más rápida, un producto más ajustado o una experiencia más sencilla está reduciendo el recelo.

En esta entrevista, Agustín Rodríguez explica cómo la tecnología y la regulación PSD2 están facilitando el acceso temporal a la información bancaria, qué datos se consultan, cómo se protegen y por qué la confianza depende de que el usuario entienda en todo momento para qué se solicitan.

Según un estudio reciente, ocho de cada diez solicitantes comparten hoy sus datos bancarios para conseguir mejores condiciones. ¿Por qué se produce una cifra tan alta en un contexto marcado por la inseguridad y el miedo al fraude?

La cifra llama la atención porque vivimos sometidos a un bombardeo continuo de noticias y situaciones negativas relacionadas con el mundo digital. Hay fraude, ataques y personas malintencionadas. Sin embargo, como ocurre casi siempre, la confianza acaba abriéndose camino cuando se ponen los mecanismos, las tecnologías y las barreras necesarias para que la relación funcione.

Hay una tendencia que solemos utilizar como ejemplo: el famoso mando a distancia y la pereza del americano medio. La televisión cambió cuando se incorporó un mando que permitía estar sentado y cambiar de canal en cualquier momento. En internet y en el mundo digital sucede algo parecido. A esta tendencia se la suele llamar reducción o eliminación de la fricción.

Cuando se combina seguridad con comodidad, empiezan a aparecer resultados. Nosotros lo estamos viendo con nuestros clientes, que cubren un abanico amplio: desde grandes entidades bancarias y financieras muy conocidas hasta entidades menos conocidas o recién incorporadas al mercado. Conforme se ajustan las soluciones para que el cliente se sienta seguro y cómodo, se acaba llegando a ratios de ocho o nueve de cada diez usuarios. Es un éxito, pero también simplifica la vida de todos.

Cuando se habla de mejores condiciones, ¿se trata únicamente de obtener un tipo de interés más bajo o pagar menos comisiones?

La expresión «mejores condiciones» tiene un significado más amplio. También puede referirse a que el usuario pueda hacer la operación un domingo por la tarde desde el móvil, sin tener que desplazarse o aportar una documentación que ya está disponible en otra fuente.

En muchos casos, si el cliente permite el acceso a sus datos, en lugar de tener que subir documentos escaneados, enviar su identificación o fotografiar su nómina, la entidad puede encargarse de recopilar esa información en pocos segundos. Esa simplicidad es una condición en sí misma.

Al principio, para introducir la novedad, podía ofrecerse una mejora en la comisión de apertura, el coste de estudio o el precio. Sin embargo, con el tiempo se valora cada vez más la comodidad: hacerlo desde el móvil, evitar desplazamientos y no tener que preparar y fotografiar documentos. El marco PSD2 permite consultar esa información de una forma concreta, regulada y segura, lo que hace el proceso más sencillo y práctico.

¿Desde cuándo se percibe este cambio en el comportamiento de los usuarios?

El siguiente gran pico se percibe a partir de 2020. Cuando las personas tuvieron que permanecer varios meses en casa y hacer prácticamente todo de forma digital, se generó una costumbre. Aunque en ese momento no estuvieran solicitando un producto bancario o un crédito, aprendieron que podían realizar desde casa y en formato digital trámites que antes pensaban que exigían acudir físicamente a una oficina.

Se instaló el hábito de hacer determinadas gestiones en digital y de considerarlo normal. Aunque PSD2 es algo anterior, el nivel de adopción de esta tecnología empezó a crecer fundamentalmente desde 2020 y 2021. Desde entonces también ha aumentado el número de entidades financieras que han solicitado incorporar estas soluciones.

¿Qué datos se comparten principalmente y qué recorrido se abre desde el Open Banking hacia el Open Data?

En la solicitud de un crédito, una tarjeta o un préstamo, normalmente se pide acceso a los movimientos de los últimos meses de la cuenta donde el usuario recibe sus ingresos y concentra sus principales gastos. Habitualmente, con esa información y la identificación es suficiente.

La alternativa sería que el usuario descargase manualmente los movimientos de su banco en un Excel o un PDF, fotografiase su nómina y subiera todos los documentos. Con este sistema, simplemente autoriza la consulta desde su entidad bancaria. La normativa PSD2 limita durante cuánto tiempo se puede consultar, para qué finalidad y cómo se pueden conservar los datos asociados a la persona.

Además, cada vez es más posible solicitar autorización para consultar información de la Seguridad Social o de Hacienda. Si se puede comprobar el comportamiento de cobros y pagos, los ingresos, los gastos y determinados aspectos fiscales y laborales, se construye un expediente más completo. Eso permite ofrecer al cliente un producto financiero más ajustado a su necesidad: el plazo de devolución, el precio que puede pagar y el límite que tiene sentido ofrecerle. Todo ello se puede personalizar con un clic y sin moverse de casa.

¿Qué perfiles son los más dispuestos a compartir sus datos y cuáles siguen siendo más desconfiados?

Al principio parecía que esta práctica estaba reservada a personas jóvenes y que podía concentrar un mayor nivel de fraude por suplantación de identidad. La realidad que estamos observando es distinta. El nivel de calidad crediticia, solvencia y comportamiento de pago que entra por esta vía puede superar al que llega mediante otros métodos.

El abanico de edad se ha ampliado mucho. Hay menos usuarios por encima de los 60 o 65 años, pero hasta los 50 y tantos o los 60 años el uso está bastante extendido. Ya no estamos hablando únicamente de personas de veintitantos o treintaitantos.

El hecho de autorizar la consulta, unido a los controles de identidad, antifraude y prevención de la suplantación, está provocando que la calidad crediticia que entra por Open Banking sea cada vez mejor. El usuario entiende que esa transparencia puede ayudarle a conseguir la tarjeta o el crédito que solicita.

En ubimia® habláis de que entre el 80 % y el 90 % de los solicitantes autoriza el acceso temporal a sus datos bancarios. ¿Qué significa exactamente que el acceso sea temporal?

Significa, en primer lugar, que se consultan únicamente los datos y el periodo que el usuario ha autorizado. Para una tarjeta de poca cuantía quizá se consulten tres meses. Para un préstamo más importante o para un determinado perfil de cliente, puede ser necesario consultar seis o doce meses.

Pero la temporalidad funciona en dos sentidos. Por un lado, se obtiene una fotografía de los últimos meses que resulta necesaria para analizar el producto solicitado. Por otro, esa información no se almacena en otra base de datos donde quede constancia permanente de los movimientos bancarios de una persona.

Todos los participantes del proceso, tanto las entidades financieras como quienes proporcionamos la tecnología, debemos utilizar y anonimizar el dato. A partir de ese momento pueden quedar movimientos, pero ya no asociados a una persona concreta. Por eso hablamos de un acceso temporal y protegido.

¿Dónde está el principal problema: en compartir los datos o en entender para qué se solicitan?

El problema no suele ser compartir los datos, sino entender para qué se piden. Y no solo entenderlo al principio, sino recibir información durante todo el proceso. El usuario tiene que saber qué se va a hacer, qué entidad se va a consultar y qué resultado se va a obtener.

Por ejemplo, se le puede mostrar que ha indicado cuál es su banco, que esa es la cuenta donde recibe sus ingresos y que se van a consultar los movimientos de los últimos tres meses. El usuario ve cómo se realiza la consulta y qué pasos se están siguiendo.

En internet también hay que comprobar que, al entrar en el banco, la URL corresponde realmente a esa entidad y que la conexión se encuentra en una zona segura. Todo debe hacerse de forma transparente: explicar para qué se solicita el acceso, qué se está haciendo y cuál es el resultado. Esa información es la que genera confianza.

¿Seguirá creciendo esta tendencia? ¿Podemos superar los porcentajes actuales de adopción?

Es difícil llegar al 100 %. Siempre habrá personas que entren por error o que descubran que no querían solicitar un préstamo o un crédito. En ese caso, no abandonan porque no quieran compartir sus datos, sino porque realmente no querían iniciar esa operación.

Por eso siempre existirá una variable estadística que impedirá alcanzar el 100 %, pero sí podemos seguir afinando los porcentajes actuales y ampliar el uso a más productos y a más procesos de captación de clientes.

Para que esta tendencia crezca, la solución tiene que funcionar en los dos sentidos. Debe ser cómoda para el consumidor, ofrecerle un buen resultado y transmitirle transparencia, seguridad e información. Pero también tiene que funcionar para la entidad financiera, aportándole clientes con una alta probabilidad de pagar correctamente el crédito. Si el modelo genera valor para ambas partes, seguirá creciendo tanto el porcentaje de usuarios que lo utilizan como el número total de clientes que acceden por esta vía.

*Esta entrevista ha sido editada para su publicación escrita. Se han eliminado repeticiones, muletillas y errores propios de la transcripción automática, manteniendo el contenido y el sentido de la conversación original.

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